lunes, 22 de febrero de 2016

La sonrisa de la monali...¿magia?

Muchos han sido los artistas que han reflejado el poder que tiene una sonrisa en nuestras vidas.
Neruda prefería que le quitasen el pan a que le quitasen tu risa, los monjes de Umberto Eco (recientemente fallecido) quisieron evitar a toda costa la risa en "El nombre de la rosa" porque sabían que era buena, Da Vinci quiso dejarle un atisbo de felicidad a su cuadro más famoso y Bob Marley dijo que la curva más bonita de una mujer es su sonrisa.

Pero bueno, comencemos. ¿Por dónde? Por el principio, como siempre.
Vayamos a la raíz del asunto, a lo importante del tema que nos incumbe. Empecemos por lo más básico. ¿Qué es sonreír?
Entre sus acepciones el diccionario de la Real Academia Española lo encontramos como "ofrecer un aspecto alegre o gozoso". Bonita definición, ¿no? ¿A quién no le gustaría estar alegre?


El problema fundamental es que hoy en día es difícil encontrar una sonrisa. Y tú dirás "¡si eso es muy fácil!", pero no. Me refiero a una sonrisa de verdad. Una sonrisa real.
No la que pones cuando ves a la persona que te cae mal y prefieres pasar del tema o cuando tienes que saludar a alguien a quien no soportas, o cuando tienes que presentarte a alguien y no tienes ninguna gana pero finges una sonrisa para parecer simpático, o cuando algún profesor te reñía sonriendo de una manera muy falsa. No. No me refiero a ninguna de esas.
Me refiero a una sonrisa de verdad. A esa carcajada que sueltas cuando un amigo te hace reír, ese leve movimiento de cara cuando ves a esa persona que tanto te gusta, o cuando ves alguna acción de felicidad y te hace feliz a ti también.

He descubierto que una de las mayores recompensas de la magia es la sonrisa. Ni la fama ni el dinero, entre otras cosas porque con el canal de Youtube tampoco he conseguido ninguna de esas dos cosas.
Pero hablo muy en serio. Sin duda, lo mejor, es ver sonreír al espectador.

Ejemplo práctico 1: esta misma tarde con una baraja en la mano. Se elige el rey de picas, se pierde en el centro de la baraja y con un simple toque el rey de picas sube hasta arriba del mazo de nuevo. La persona que ha cogido la carta y ha visto a menos de un metro de distancia este pequeño milagro en mis manos ha dicho "no lo entiendo" y ha empezado a reírse muchísimo. Pero voy incluso más allá. Al rato, le han recordado lo que había pasado antes y él ha vuelto a sonreír. Esa sonrisa es una sonrisa real, sincera. Transmite ilusión.

Ejemplo práctico 2: poco después del ejemplo 1 he intentado realizar una versión de cuatro monedas a través de la mesa, y digo intentado porque creo que se me notaba cierta tensión en el hombro, pero se va mejorando paulatinamente.
Al frente una persona dispuesta a ser un poquito Peter Pan por hoy y a creer que todo es posible.
Ese momento en el que, con las monedas en la mano, se dan dos golpes seguidos en la mesa, con el vaso abajo y al tercer golpe se escucha "clinc" ella me mira, la miro y sonríe.
Al instante se abre mi mano dejando ver solamente tres monedas y sacando el vaso debajo de la mesa que contenía una moneda.
Una sonrisa leal, de confianza, de verdad, sin hipocresía. Tan cierta como que la moneda estaba en el vaso. Transmitía verdad.

A veces no nos damos cuenta de lo importante que es sonreír.
Dicen que en cuando vemos a una persona por primera vez nos hacemos una pequeña imagen mental de cómo es y van entrando en juego estereotipos. Pues bien, creo que es un bonito estereotipo que te vean sonreír y piensen que eres una persona alegre y feliz.

Si verdaderamente eres feliz demuéstralo. A los demás, a ti, a todos. Dedícale una sonrisa verdadera a alguien que te haga feliz. Sea porque te ha dicho un simple "hoy vienes muy guapa" o porque te ha hecho reír con cualquier tontería, o porque te pregunta "¿qué te pasa? ¿Estás bien, tío?", o porque en la cafetería te regalan una chocolatina y te hace ilusión. A mi esos ejemplos me hacen sonreír.
La mejor sonrisa no es la más bonita, sino la más verdadera, porque al ser verdadera se convierte en una sonrisa preciosa.

Además, llámame sevillano antiguo del siglo XIX pero, como Bécquer, por una sonrisa también daría un cielo.

Dedicado a Daniel Fernández y a Montse Martín, por servirme de inspiración para esta reflexión.

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